sábado, 29 de enero de 2011

Ojos desconocidos

Capítulo 5
Mi vida ahora no puede ser peor
Llegamos al aeropuerto y nos dirigimos al mostrador de Chile. Diego ya había sacado los pasaportes y ahora se dirigía  a entregar las maletas. Nos sentamos en las sillas de espera para que anunciaran que nuestro vuelo ya había llegado. Diego se sentó a mi lado, pero yo tan enojona como siempre me corrí un puesto para no tener que estar cerca de él.
-¡Por favor Helen! No se ponga así, a estas alturas ya deberíamos hablar un poco, después de todo yo le salve la vida…
- ¡Señorita Helen para usted! Y yo no le debo nada por haberme salvado la vida. ¿Creé acaso que por haberme salvado tiene derecho ahora de ser mi amigo? Usted no ha hecho más que traerme problemas, primero me dice que mi jefe era mi padre, y que ahora soy propietaria de muchas propiedades y aparentemente una millonaria, después me dice que me ha espiado por una año entero violando mi intimidad, después unos desconocidos me atacan en mi casa sin razón aparente, y ahora estoy aquí en un lugar que no conozco, con un hombre que me es desconocido, y que pretende salvarme la vida sacándome del país y llevándome a otro que no me gusta para nada  ¡Y quiere que no me ponga así!....
- Bueno, mirándolo de ese modo, si suena terrible, pero mírelo de este modo: Le entregue una maravillosa noticia, donde supo por fin quien era su padre, le dije también que ahora es  millonaria y no tendrá que trabajar, le salve la vida y ahora la estoy llevando a un hermoso país donde podrá descansar ¿No es mejor mirarlo de este modo?
-Eres un maldito imbécil, solo estoy accediendo a esto porque… porque…  ¡Bah! Cállate.
Diego se volvió a reír, y tomo uno de los periódicos que  estaban en los asientos y se puso a leerlos concentradamente. Yo por mi parte quería que me tragara la tierra. Un policía pasó cerca de nosotros y pensé correr hacia él rogándole que me alejara de aquél hombre que me tenia secuestrada. Al principio la idea me encantaba, podría funcionar, incluso ponerme a gritar, y salir huyendo, aunque sin mis documentos, porque era Diego el que me los tenia escondidos… ¡Maldición! No había ninguna posibilidad aparente. Me intente acomodar el incomodo asiento, esperando que las lagrimas llegaran a mis ojos.
-Señorita Helen, por favor.- me contestó Diego. No se ponga triste. Mire, le diré una cosa, yo nunca le hare daño, se que le cuesta creerme, hasta yo mismo me volvería loco en una situación como esta, pero usted debe confiar en mí. Este no es el primer trabajo que hago, e  intento cuidar al máximo a las personas que tengo que ayudar. Yo no soy un psicópata sexual, ni un asesino, ni siquiera un estafador, solo un hombre que intenta cumplir con el último deseo de su padre. Le prometo, le juro que jamás conmigo saldrá lastimada, ya la he salvado dos veces, y no me importaría volver a hacerlo…
-Espere, espere… ¿Dos veces? Yo solo recuerdo una, cuando me salvó en el tiroteo en mi casa, solo fue esa vez. –Contesté confundida.
-Sí, pero también existió una más. El día en el que se realizó el funeral, cuando usted puso delicadamente la flor en su tumba, un  hombre escondido entre los árboles se preparaba para dispararle. Usted hubiese muerto si yo no la hubiese sacado de la escena.
-¿Que…e...é? tartamudeé. En ese momento no pude más. Mi vida no podía ser para peor. Sentí como me  resbalaba del asiento y a Diego intentando recogerme y sacarme de ese repentino desmayo. De algo estaba segura, esto era solo el principio de mi caos personal.


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