viernes, 28 de diciembre de 2012

El patio de los deprimidos


Capítulo 09: Solo queda la aceptación 

No sé cuánto tiempo  estuve inconsciente. Pero de lo que si estaba segura era que aún no quería abrir los ojos. No deseaba para nada ver mi pijama con manchas de sangre seca y tampoco ver por un rato a mis padres. La  inconsciencia era muy apacible y segura.
Pero mi cuerpo no quería hacer caso de lo que mi mente anhelaba.  Sentí que el vehículo no andaba y  poco  a poco mis ojos comenzaron a abrirse, distinguiendo la luz de un farol de la carretera que se introducía por la puerta abierta de la camioneta, dándome directamente en la cara. ¿Pero que hacía la puerta abierta? ¿Acaso ya habíamos llegado a casa? ¿O acaso…?.
Se me hizo un nudo en la garganta y sentí como se me puso la piel de gallina. Por la puerta entraba una gélida corriente de aire. ¿Dónde estaban mis padres?
-          ¿Papá? ¿Mamá? – susurré.
-          ¿Sofy? ¡Qué bueno que ya  despertaste! – Dijo la voz aliviada de mi madre – ¿Estás bien?
-          Si, ¿Dónde estamos?
-          Decidimos detenernos un momento  mientras estabas inconsciente, así no despertarías después tan maridada por el bamboleo del auto.
-          Gracias – Dije desperezándome un poco –Lamento haberme comportado así, creo que les añadí una preocupación más. ¿Dónde está mi papá?
-          Esta afuera tomando aire. Ya que te encuentras mejor podemos irnos a casa.
-          Ok –Dije. No tenía muchas ganas de hablar.
Mi madre me acarició el pelo unos segundos y luego se fue a buscar a mi papá. Aproveché el momento libre para  estirarme un poco, ya que la “siestecita” me había hecho quedarme muy incómoda en  el estrecho asiento trasero.
Cerré la puerta del vehículo para entrar un poco en calor y me abracé las piernas. Hacía mucho frio y tenía los labios congelados. Así que me estire para alcanzar la calefacción y prenderla. Luego volví a  abrazarme las piernas.
Bueno, ya no quedaba mucho que hacer. Ahora sabía toda la verdad del asunto y no había más remedio que acatar el plan. Me iría a Santiago y empezaría todo de nuevo. Nuevo ambiente, nueva gente. Mi padre se quedaría aquí cuidando a Claudia. De solo pensarlo me daba miedo de que le pasara algo aquí. Pero era necesario. No podíamos trasladar  Claudia en las condiciones en las que estaba.
Luego estaba la familia de Andrés.
Se me hizo de nuevo el molesto nudo en la garganta y una especie de congoja apareció. ¿También él tendría que convivir con esto? Él también debería cambiar todo lo que tenía aquí. También su vida estaba en peligro .Me gustaría estar con él para cuando recibiese  la noticia.
Vi a mis padres acercarse al auto y  el poco calor que se había producido se esfumó cuando ellos abrieron las puertas.
-          ¿Estás bien? – Pregunto mi padre.
-          Si, solo tengo un poco de frio.
-          Cuando lleguemos  a  casa te darás una ducha y te quitarás toda esa sangre pegada.
-          Ok.
El resto del viaje transcurrió en silencio. Yo había reclinado mi cabeza en el costado del asiento y sentía que el sueño me estaba venciendo.  Pero no quería dormirme aún. Necesitaba hacer una pregunta importante.
-          Papá… ¿En qué puedo ser útil?
-          ¿Cómo?
-          Digo… en que les puedo ayudar. ¿Puedo hacerles más liviana a carga?
-          Siendo prudente ayudarías mucho.- Dijo él en respuesta. – No hagas rabiar a tu madre en Santiago y evita hacer cualquier estupidez que nos ponga en riesgo. De lo demás  nosotros nos encargaremos.
Mire a mi madre que me observaba por el espejo retrovisor. Tenía una mirada consoladora.
-          No te preocupes más. Solo cuídate. Gracias por comprender mi niña.
Asentí en respuesta y de ahí que no hable más. Se me estaban cerrando los ojos.
Al  cabo de rato  me percaté que  de nuevo me había perdido en el tiempo y no sabía cuánto había dormido, pero una curva brusca del vehículo me hizo levantarme, dándome cuenta de que ya habíamos llegado a casa.
Pero no estábamos solos.
Una serie de patrullas policiales y también de la PDI se encontraban en las afueras del lugar. Hombres con trajes blancos salían de mi casa con bolsas en sus manos y otros entraban a su vez.
-          Ya llegaron – Dijo mi padre.
-          Espero que no se demoren mucho.- Respondió mi  madre.
Nos estacionamos donde hubo espacio y mi padre salió a hablar con el encargado a mando. Mi madre abrió la puerta trasera del auto para que yo saliera.  Sentí como algunas miradas se posaban en mí al ver mi manchado pijama.
Mi madre me condujo por entre los oficiales y me llevó a  casa. Me dijo que si deseaba, podía ir a darme una ducha, pero le respondí negándole con la cabeza. No era que no quisiera ducharme, es solo que no lo haría con la presencia de toda esa gente mirándome curiosamente. Así que me quedé sentada en el sofá con la cabeza reclinada en uno de los respaldos. Esperando a que las labores de los oficiales cesaran.
Perdí de vista a mi madre y a mi padre en cuento me dejaron sola en casa. Ahora solo veía más y más gente salir y entrar con bolsas de plásticos, frascos y papeles. ¡Qué trabajo más engorroso!
Los párpados me pesaban y quería dormir, pero había mucho ruido. Estaba aburrida y por alguna razón tenía hambre. Me paré y fui a la cocina, otra vez bajo la mirada curiosa de  la gente del PDI. Pero no les quise presta tención. Abrí el refrigerador  y saqué un yogurt. Luego lo vertí en un cuenco y le puse cereales. Así se parecería más a un desayuno.
Me fui a sentar de nuevo al sofá y me quede nuevamente observando a los oficiales entrar y salir, solo que esta vez tenía mi cuenco de cereales conmigo. Me reí. ¿Qué escena otorgaría mi imagen? ¿Cómo se vería una niña con un pijama manchado en sangre, con la piel pálida del frio, comiendo un cuenco de cereales relajamente sentada en la esquina del sillón? Me reí otra vez, y un hombre que estaba cerca me miró extrañado.
-          ¿Se encuentra bien?- Preguntó.
-          De maravilla- Dije riéndome.
El hombre me siguió observando extrañado por mi respuesta. Sacó su teléfono y llamó a alguien. Al cabo de unos minutos una mujer  se acercaba a mí con un gesto confiado. Casi profesional.
-          ¿Sofy? Hola, soy Isabel Díaz.  Estoy aquí por si necesitas ayuda, si requieres decirme algo.
Así que la dama era una especie de psicóloga.
-          Estoy bien. Solo espero ducharme. – Dije llevándome una cuchara con cereal a la boca.
-          Digamos que tu imagen no dice eso.- Replicó.
-          Tenía hambre y solucioné el problema. Cuando ustedes se vayan me cambiaré de ropa.
-          Sofy, a veces cuando pasamos por una experiencia traumática, desarrollamos mecanismos de defensa, que más tarde pueden….
¡No por favor! ¿Enserio iba a tener una charla post traumática? ¡Solo estaba comiendo cereales!
-          Mire, le agradezco la intención de querer ayudarme pero estoy bien. No creo que me volveré loca por esto.
-          No intento decirte eso. Hace un rato mi compañero llamó y me dijo que te estabas riendo de una manera muy poco normal.
-          ¿En serio?
-          Nuestras maneras de reacción son distintas en cada persona, y es deber ver que vayan por un camino saludables ¿entiendes?
Al parecer esta mujer era muy profesional.
-          Entiendo. ¿Qué quiere saber?
-          ¿Por qué te reías?
-          Me imagine viéndome a mi misma manchada de sangre comiendo cereal. Era la imagen de una loca de remate.
-          ¿Eso te pareció gracioso?
-          Si, se parece a una escena de serie policiaca de televisión.
-          Ya veo. ¿Te pareció extraño verte en una situación en la que nadie normal se vería nunca?
-          Algo así.- Dije riéndome.
-          Bien, es una reacción considerable.
-          Le dije que estaba bien.
-          Y dime,  necesito que me cuentes desde tu punto de vista lo que sucedió aquí. Cómo encontraste a Claudia.
Sentí que la piel se me volvía a erizar. Se me  hizo un nudo en el estómago. La mujer me observaba fijamente y al parecer se dio cuenta de mi reacción.
-          Tranquila, estas bien.- Dijo tocándome un hombro.
-          Pensé que la declaración de mis padres sería suficiente.
-          Pero tú fuiste la que presenció todo. Necesitas sacarte eso que viste. Puedes contármelo.
-          Ok.- Dije resignadamente. Sabía que alguien me preguntaría al fin y al cabo. Le conté todo lo que había visto y lo que paso después. Ella me observaba atentamente y podría jurar que no pestañaba.
Cuando ya había terminado de contarle la travesía de la denuncia alguien grito su nombre. El trabajo había terminado.
-          Bien Sofy, me debo retirar. Gracias por tu ayuda.
-          No hay de qué.
-          Si necesitas algo o alguien por favor llámame.-Dijo tendiéndome una tarjeta.- El número está allí.
-          Gracias. ¿Y al final como fue mi reacción?
-          Creo que fuiste valiente. Pero el shock viene después. Tienes que estar tranquila. Respirar  y tomar todo con seriedad.
-          La llamaré si no lo logro.- Dije riendo.
-          Bien- Y me sonrió mientras se despedía con la mano.
La mayoría de los oficiales ya se habían ido, así que dejé el cuenco de cereales sin terminar y subí rápidamente las escaleras. Entre a mi habitación sin detenerme a mirar cómo había quedado la de Claudia. Cerré la puerta y comencé a quitarme la ropa a tirones, la sangre seca me había comenzado a picar. Saque una toalla limpia y unos pantalones con  una camiseta y corrí al baño cerrando la puerta fuertemente. No sabía porque, pero mi respiración estaba agitada.
¿Así que  esto se refería Isabel cuando decía que “el shock viene después”? Me obligue a respirar calmádamente  y me metí bajo el grifo de agua caliente, siendo consciente que unas traicioneras lagrimas se escapaban de mi rostro confundiéndose con el agua de la ducha.
-          Tranquila, respira. Todo saldrá bien- Me decía mentalmente. Mientras me refregaba el cuerpo con mucho jabón para sacarme la sangre seca.
Cuando salí me percaté que unas me habían quedado unas manchas rojas por haberme lavado con brusquedad, Me rodeé el cuerpo con una toalla y salí del baño. En mi habitación, termine de colocarme la ropa y me puse un polerón para abrigarme. Ya estaba un poco más calmada.
Respire profundamente una vez más y decidida bajé las escaleras para encontrarme con mis padres. Otra vez no quería ver la habitación de Claudia o sino perdería toda la calma.
Cuando llegué abajo me encontré con la escena de mis padres abrazados en el sillón. Mi padre mirando la ventana y mi madre con una expresión vacía.
Cuando mi padre me vio hizo un gesto con la mano para que me reuniera con ellos, y sin vacilar  llegue donde ellos estaban y fue parte de la escena. Mi madre me rodeó con su otro brazo libre y me acarició el pelo. Entonces cerré mis ojos.
Y así nos quedamos. En silencio. Solos. Esperando el día de mañana.







 

1 comentario:

  1. Bueno, estuve mucho tiempo desaparecida, pero es que tercero medio es muy agotador. Más capítulos se vienen! Disculpen la demora

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